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Au clair de la lune, o Al claro de luna, es una canción francesa del siglo XVIII de autor desconocido. Su letra habla de Lubin, un personaje que busca una pluma para escribir “una palabra”, pero parece no encontrarla porque “su vela se ha muerto”: la luz se le ha agotado. Su búsqueda comienza preguntándole a su vecino Pierrot, quien le dice que no tiene plumas, pero le sugiere acudir a la casa de la vecina, pues unas chispas parecen brillar en su cocina. Después de un encuentro tan extraño como ambiguo, la puerta de la vecina se cierra y Lubin queda bajo la tenue luz de la luna.

La huella de nuestros gestos cotidianos funciona como espejo y evidencia de nuestra presencia, pero, sobre todo, de sus matices. Imagino que el reflejo de una voz convertido en líneas temblorosas sobre una superficie ahumada era una manera de retener y aferrarse a aquello que inevitablemente se nos escapa. Imagino también que eso era lo que añoraba Édouard-Léon Scott de Martinville cuando ideó el fonoautógrafo: una forma de capturar el sonido, sin saber que aquel dibujo de carbón terminaría registrando también la voz de alguien cantando.

En esta primera pieza, la composición surge de una mezcla de sonidos y tarareos improvisados por personas cercanas. Al escuchar la grabación de Martinville, cada una reaccionó con melodías, respiraciones y sonidos producidos con su propio cuerpo. La pieza fue desarrollada con la asesoría y postproducción de David Vélez.

En cada uno de los objetos posteriores, la composición sonora cambia de acuerdo con el contexto y con las preguntas que surgen en cada momento.

Las piezas de vidrio fueron fabricadas por Mario Maldonado y Gerardo Gamboa